sábado, 31 de enero de 2026

El cuerpo no es la medida de todo


El cuerpo no es la medida de todas las cosas. Una prueba.

¿Cómo surgió la idea de la sensación térmica? Unos exploradores antárticos pusieron una botella de agua afuera y midieron qué tiempo le tomaba al líquido congelarse en distintas condiciones del aire y del viento.

No hacía falta más que extrapolar las botellas a los cuerpos. Así, la sensación térmica es la percepción de frío o calor del cuerpo en condiciones de la temperatura del aire y la velocidad del viento.

Sofismo puro.

Este supuesto índice, para simplificar, considera que el cuerpo es la medida de la térmica.

Como decía el sofista griego Protágoras (circa 485 a C. a circa 411 a C.): “El hombre es la medida de todas las cosas”. Y agregaba: “De las cosas que son en cuanto que son y de las que no son en cuanto que no son”. Y santas Pascuas.

Hay que decir que el bueno de Protágoras se ganaba sus buenos dracmas cobrando honorarios a los ciudadanos que querían hacer política y dar discursos en el ágora para conseguir votos. Un influencer, diríamos hoy.

Platón le plantó cara al sofismo. Si el mismo viento es frío para mí porque lo siento frío y es caliente para ti porque lo sientes caliente, ¿significa esto que el viento es en sí mismo a la vez frío y caliente? ¿O que el viento no es en sí mismo ni frío ni caliente?

Verdades como puño.

jueves, 1 de enero de 2026

Todo fluye

Un puente roto. No, está entero, se ve reflejado en el río. El río que fluye sin importarle el puente. El río que espeja.

Pero ¿cómo? Lo espeja imperfectamente. Porque el puente está roto. Es evidente

¿Es evidente?

René Magritte tituló “El puente de Heráclito” este cuadro de 1935. No es por acaso la invocación al filósofo de Éfeso, aquel de Todo fluye.

Lo que es (sea lo que sea) cambia constante, perpetuamente. Todo es devenir, todo el tiempo. También los cuerpos, esos otros puentes.

Es inútil insistir en la permanencia de lo impermanente. Es inútil insistir en el puente. Eso es lo único evidente.

domingo, 20 de julio de 2025

Pie nómade


La piel cuarteada, cuarteada como la tierra cansada. La alpargata, no menos cansada, no retiene el cuerpo como los zapatos citadinos. Tal vez por eso el talón parece querer levantar vuelo. Pero es inútil, son “pies de tierra, de arcilla”, como canta T.S. Eliot. El perro, el hocico pegado al suelo, lo sabe. Siempre saben, los perros.
El pie de un antiguo nómade de la pampa: eso es lo que pretendió captar el fotógrafo Marcelo Coglitore.

miércoles, 28 de mayo de 2025

Excesos


Tute; La Nación, 12 de abril de 2015

¿El exceso del deseo (o el goce) es la muerte? En todo caso, el hombrecito ve un cielo de cuerpo que le hace pensar que está muerto.

lunes, 24 de marzo de 2025

La Fuente de la Doncella


Los que leyeron “Mujeres de mármol. La novela de Lola Mora” de Ricardo Lesser (Editorial Biblos, 2025) se sorprendieron de que, en 1918, la magnífica Fuente de las Nereidas fuera desterrada de Paseo Colón hacia la lejana Costanera, donde se encuentra ahora, sencillamente porque sus desnudos ofendían el pudor de algunas almas puras.

No era la primera vez que ocurría.

En 1971, en plena “revolución argentina”, arrumbaron en un depósito municipal a la Fuente de la Doncella, del catalán José Limona Brughera, emplazada en el Parque Rivadavia.

Era una muchacha desnuda que se inclinaba “pornográficamente” hacia la fuente. Horror. Sobre todo porque la escultura se “interponía entre la madre celestial y la madre terrenal”. No somos nosotros quienes lo dicen, sino el padre Fernando Carballo, párroco de la iglesia vecina, quien inició el reclamo.

La “obscena” obra perturbaba a un cercano santuario de la virgen de Luján (la "madre celestial") y una escultura llamada “La Madre” (la "madre terrenal"), que representaba a una matrona con sus niños. La perfecta figuración del maternalismo, una especie de protofeminismo de derecha de la que también se habla en Mujeres de mármol. La novela de Lola Mora

El desnudo cuerpo de mujer, al parecer, contaminaba la escena.

Fue necesario que alguien hiciera memoria para que, recién a fines de 2009, la muchacha de mármol volviera al Parque Rivadavia.

domingo, 9 de febrero de 2025

Había que ser macho


Terribles mostachos. Lengue al cuello. Los pantalones bien puestos. En la foto no hay una sola mujer.

Los delantales los delatan: son puesteros del ¿Mercado Modelo, el antecedente del Abasto? Puede ser, En todo caso, se ve que están acostumbrados a cargar sobre el lomo medias reses, bolsas de papas negras, barras de hielo. Son cuerpos duros.

Ahí se los ve. Abrazan la cintura del compañero, se toman las manos callosas. Bailan el tango sin prejuicios.


Cuentan que los varones aprendieron a danzar entre ellos mientras esperaban turno en burdeles como El Farol Colorado. Cadícamo, que lo conoció, decía que al entrar había que dejar el talero y el revólver en el guardarropa.


Lo cierto es que siempre había una viola y un fuelle que tocaban tangos sin partitura.

El cuerpo, que ya tenía sus otras exigencias, pedía acompañar los acordes melodiosos. Si no había minas, buenos eran los que hacían fila, hombres hechos y derechos.


Con el tiempo, el tango pasó de las orillas a los salones. .Se adecentó.

Las señoras sentadas alrededor de la pista no hubieran tolerado que tocaran a la nena. Por las dudas, el tío aclaraba que no consentiría ni cortes, ni quebradas.   


La coreografía tanguera, cuya esencia es el abrazo, se normalizó. Se sujetó a las normas de la moral burguesa. El sexo se hizo tangueramente binario. El varón conduce, la mujer se deja conducir.


Nada de tango entre machos.

jueves, 17 de octubre de 2024

Fair lady


Créase o no, ésta es Eliza Doolitle, la heroína de “My fair lady”. O, si se quiere, la protagonista de “Pigmalion” de Georges Bernard Shaw. El dramaturgo inglés se basó en el Pigmalion de la “Metamorfosis” de Ovidio, en el que un rey se prendó de una estatua. Pero a quien Shaw tenía en la cabeza era a a esta mujer: Jane Morris.

El irlandés John Robert Parsons la fotografió en 1865. Alta, delgada, de espeso cabello pelirrojo. Tenía algo de majestuoso pese a su origen francamente plebeyo. Era hija de un mozo de cuadra y de una lavandera.

Una noche de octubre, Jane acudió por casualidad a un teatro de Oxford que, para el caso, bien podría haber sido el mercado de flores del Covent Garden donde el profesor Higgins descubrió a Eliza Doolitle.


No más verla, un pintor, Dante Gabriel Rossetti, se enamoró de ella. Y le pidió que posara para él; como la reina Ginebra, nada menos. Rossetti pertenecía a la Hermandad Prerrafaelista, un grupo que rechazaba la academia y amaba un detallismo cercano al realismo francés.


No había mejor modelo para un prerrafaelista. Jane (Eliza) era bellísima, principesca y salvaje a la vez. La educaron para convertirse en la esposa de un caballero. Lo fue. Pero, acaso por revancha, tuvo varios amantes apasionados. ¿Cómo no?