Es el sudor, el aliento, la voz. Hay algo que nos comunica con nuestros perros. Es el cuerpo.
Ellos no necesitan más para reconocernos. No importa que hayan pasado veinte años. Argos reconoce a Odiseo después de la vejez, las aventuras, la vida.
Ya se sabía hace 2.800 años. Basta leer la historia de Odiseo y su perro.
Homero, Odisea, Canto XVII, 291/327
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Tal hablaban los dos entre sí cuando vieron un perro que se hallaba allí echado
e irguió su cabeza y orejas: era Argo, aquel perro de Ulises paciente que él
mismo allá en tiempos crió sin lograr disfrutarlo, pues tuvo que partir para
Troya sagrada. Los jóvenes luego [295] lo llevaban a cazas de cabras, cervatos
y liebres, mas ya entonces, ausente su dueño, yacía despreciado sobre un cerro
de estiércol de mulas y bueyes que habían derramado ante el porche hasta tanto
viniesen los siervos y abonasen con ello el extenso jardín. En tal guisa [300]
de miseria cuajado se hallaba el can Argo; con todo, bien a Ulises notó que
hacia él se acercaba y, al punto, coleando dejó las orejas caer, mas no tuvo
fuerzas ya para alzarse y llegar a su amo. Éste al verlo desvió su mirada,
enjugóse una lágrima, hurtando prestamente su rostro al porquero, y al cabo le
dijo: [305] «Cosa extraña es, Eumeo, que yazga tal perro en estiércol: tiene
hermosa figura en verdad, aunque no se me alcanza si con ella también fue
ligero en correr o tan sólo de esa clase de canes de mesa que tienen los
hombres y los príncipes cuidan, pues suelen servirles de ornato.» [310]
Respondístele tú, mayoral de los cerdos, Eumeo: «Ciertamente ese perro es del
hombre que ha muerto allá lejos y si en cuerpo y en obras hoy fuese lo mismo
que era, cuando Ulises aquí lo dejaba al partirse hacia Troya, pronto echaras
tú mismo de ver su vigor y presteza. [315] Animal que él siguiese a través de
los fondos umbríos de la selva jamás se le fue, e igual era en rastreo.
Mas ahora su mal le ha vencido: su dueño
halló muerte por extraño país; las mujeres de él no se acuerdan ni le cuidan;
los siervos, si falta el poder de sus amos, [320] nada quieren hacer ni cumplir
con lo justo, que Zeus el tonante arrebata al varón la mitad de su fuerza desde
el día que en él hace presa la vil servidumbre.»
Tal habló, penetró en el palacio de
buena vivienda y derecho se fue al gran salón donde estaban los nobles [325]
pretendientes; y a Argo sumióle la muerte en sus sombras no más ver a su dueño
de vuelta al vigésimo año.
Homero, Odisea, Canto XVII, 291/327
