lunes, 9 de enero de 2017

No hay camino



Las huellas de los pies son la señal de una ausencia, la ausencia de un cuerpo que pasó.
Pero los pies portan esas huellas. El camino ha dejado sus marcas en ellos. Es el polvo del camino. Es la piel encallecida de las plantas. Son las venas rotas del camino. 
De modo que andar por el mundo es llevar las huellas del mundo, una memoria, en los pies. En el cuerpo. Esas huellas son testimonio del peregrinaje que hacemos llevados por el deseo o la fe o, a veces, el mero empecinamiento.
Estos son los pies del peregrino que pintó Caravaggio en La madonna dei pellegrini. Son el fundamento de esa imagen maravillosa. No sólo porque están en primer plano. Sino porque hay en ella una intencionalidad clara. El cuadro está organizado alrededor de un eje: la línea oblicua que nace de la cabeza del Jesús niño y concluye en el pie derecho del peregrino. La mirada no tiene más remedio que converger sobre el cansancio de esos pies. 
Éste es el escándalo de esta imagen. Los pies sucios y su historia de huellas.
 











 




La madonna dei pellegrini o di Loreto, Michelangelo Merisi da Caravaggio,circa 1603. Sant'Agostino, Campo di Marzio, Roma.




 


viernes, 2 de diciembre de 2016

Antes de nacer


El feto en la matriz, Leonardo da Vinci, 
circa 1510. The Queen’s Gallery, 
Buckingham Palace, Londres
Todavía le falta desplegarse a la vida. Por ahora está plegado, vuelto sobre sí mismo; la cabeza inclinada hacia adelante, las extremidades recogidas hacia el torso. Absorto en su propio ser.
El cordón umbilical, que rodea las nalgas, todavía no sabe la tragedia del tajo que pronto lo separará del feto.
Éste es el dibujo de un embrión de siete meses con placenta de vaca, lo más parecido a una placenta humana que consiguió Leonardo, que había nacido en Vinci, no lejos de Florencia. Lo hizo hace más de quinientos años.
La imagen aparece en un mar (quizá un mar de líquido amniótico) de otras imágenes y de esas anotaciones con la escritura especular que usaba para cifrar sus pensamientos. Hay detalles de la vena umbilical, bocetos de un embrión de pollo, apuntes sobre la luz y la sombra, un diagrama de la visión binocular. Un mundo de maravillas.
La posición fetal misma es una maravilla. Es la que recomiendan en catástrofes inminentes para minimizar las heridas. Ante el peligro, volver a la posición fetal, la posición que espera desplegarse a la vida. Contradecir la posición decúbito dorsal, la de los cadáveres que se tienden sobre la espalda a mirar inútilmente al cielo; la posición de la muerte.

domingo, 23 de octubre de 2016

El toque

La promenade, Pierre-Auguste Renoir 
(1870), Paul Getty Museum , Estados Unidos

Hay un toque pertubador. Ella niega la mirada. Él toca su mano. La invita a la espesura del deseo. El cuadro de Renoir se llama La promenade, el paseo, una distancia a recorrer. El recorrido de ellos, entre ellos.
¿Es, pues, la imagen de un toque? Los filósofos dirían que la imagen del toque es imposible puesto que el toque es el no toque.
El toque que afecta, el toque que turba -señala Jean-Paul Nancy- “es el punto en que el tocar no toca, no debe tocar para ejercer su toque (su arte, su tacto, su gracia)”; su seducción, agregaríamos nosotros.
El poeta lo dice de otro modo. Dice Vicente Alexaindre:
Pero otro día toco tu mano. Mano tibia.
Tu delicada mano silente. A veces cierro
mis ojos y toco leve tu mano, leve toque
que comprueba su forma, que tienta
su estructura, sintiendo bajo la piel alada el duro hueso
insobornable, el triste hueso adonde no llega nunca el amor.