miércoles, 3 de octubre de 2018

La niña del ojo

Dime, espejito, Ricardo Lesser,
Viñas del Mar, Chile, 1999

La ciudad derramada sobre la ladera no importa. Sólo importa el ojo. El ojo reflejado en el espejo. El ojo que, entonces, nos mira. 
El espejo es una luna. Se limita a devolver la luz que refleja. 
El espejo es también un traidor. Nos dice que la imagen es cierta. Pero no lo es. Es exactamente (eso sí, no se le puede reprochar inexactitud) el revés de lo que refleja.
Dicen los que saben que el espejo es el significante de lo femenino. El mundo, la luz del mundo, entra al ojo en busca de su imagen. Lo hace por el centro del iris, la pupila. Esa palabra viene del latín pupilla, esto es, niña.
Pues bien, la pupila es también un espejo. Los griegos antiguos decían que, si alguien mira de cerca un ojo, ve en él su rostro como en un espejo. Así, sucede que kore (la pupila, la niña) es la imagen minúscula del que se mira en ella. 
Si uno mira la pupila del ojo de la mujer que ama verá allí su propia imagen. Pero esa imagen no es uno, sino su doble diminuto, su fantasma. Ese fantasma tiene una verdad amorosa, algo así como el alma. Parafraseando a Walt Whitman, el cuerpo que se agita dentro del cuerpo.