miércoles, 3 de abril de 2013

El hombre que camina

L’homme qui marche, Alberto Giacometti, bronce, 1991


El cuerpo parece un hilo apenas desmentido por una cabeza somera. Descarnado, el cuerpo. Sin músculos, ni piel. La piel, si la hay, es el bronce moldeado por unos dedos nerviosos, rápidos.
Camina. Pero los largos brazos no se balancean alternadamente en la marcha. Pie derecho con mano izquierda, pie izquierdo con mano derecha. No, las manos quietas, juntas. Este inesperado descompás es lo que da movimiento al cuerpo; la contradicción entre los pies que caminan y las manos que no. He aquí la clave de esta imagen.

De L’homme qui marche de Alberto Giacometti (1901/1966) se ha dicho de todo. Que expresa la sinrazón del mundo que denunciaba el existencialismo. Que declara el inexpugnable extrañamiento del cuerpo respecto del propio cuerpo. Que es la máxima expresión de la influencia del arte etrusco primitivo sobre este escultor suizo.
Los que esgrimen la teoría etrusca recuerdan aquellas hieráticas estatuillas filiformes que se ofrendaban en los santuarios para convencer a los dioses que les dejaran vivir después de muertos.
Hay una marcada semejanza, es verdad. Pero también una diferencia abismal: los hombres que caminan de Giacometti son hombres que en verdad caminan, que están en el renovado equilibrio inestable que tenemos cuando caminamos.
“Un hombre que camina en la calle –decía el escultor- no pesa nada, mucho menos en todo caso que el mismo hombre desvanecido o muerto. Se balancea sobre sus piernas. No siente su carga. Esto es lo que inconcientemente quería restituir en mis siluetas afinadas, esa ligereza”. El cuerpo es un cuerpo leve que se mueve; si no, no es un cuerpo. Ésta es la lección de Alberto Giacometti.

Estatuilla votiva de un santuario etrusco, bronce, s. III a.de C