miércoles, 10 de abril de 2013

El ojo inocente


El blanco deslumbra el ojo. El mismo deslumbramiento hace que el ojo se refugie en el rojo, ahí, en el ángulo, que entonces es más rojo sobre el amarillo ocre. Pero ¿el blanco está huyendo empujado por las manchas rojas y ese puro amarillo que las abre en dos? ¿O, por el contrario, está cayendo sobre el rojo y el amarillo? Dudamos. Eso sí, sentimos (“sentir” no es una palabra ingenua) que los colores flotan, se mueven.
Alguien dijo que Joseph Mallord Turner (1775/1851) nos hace ver el mundo por primera vez. Ver el mundo que se da en sus colores sin pensar, descuidadamente. Como un bebé que ve formas sin saber del todo qué significan, como si fuéramos capaces todavía de la inocencia del ojo. Por eso Turner forma parte de nuestra historia del cuerpo en imágenes, porque nos retrotrae al ojo inocente.
Pero esa inocencia es infinitesimalmente efímera. De pronto, ocurre un acontecimiento: la belleza, la misteriosa belleza de esta imagen. Sentimos (otra vez la palabrita) que necesitamos mirar, entender, darle un sentido a los colores.
De modo que descubrimos que hay un horizonte que corta el amarillo puro. Y que, si se establece un horizonte en la mirada, la configuración se devela. Los colores se repiten sobre una superficie que es un espejo iluminado. Es el sol, es un lago. Es el drama cotidiano de la claridad cuando anochece. O cuando atardece.
¿Atardece? ¿Amanece? Quién sabe. Las obras de arte no revelan la realidad. La abren. 

Crepúsculo sobre un lago, Joseph Mallord William Turner, 1840, The Tate Gallery. Londres